La muerte de mi animal de compañía es un duelo

01.01.2024

Hay una tendencia que viene creciendo en el mundo, pues son más las personas que cada día no quieren configurar una vida con hijos, y esto hace que el amor por los animales de compañía tome mayor relevancia en nuestros tiempos. Muchos, al despertar, salir y llegar a sus casas tienen un gato o un perro -o ambos-, que saludan y despiden a sus humanos de manera desinteresada, como unos verdaderos amigos o, más bien, como un miembro más de la familia.

Puedes haber pasado un día complejo y ellos nunca te harán preguntas, solo se acercarán a ti para liberarte de tensiones. Tampoco te van a cuestionar porque no les dedicas tanto tiempo como merecen o porque realizas determinada actividad; siempre estarán ahí para acompañarte. Su conducta, sonidos y acciones son más que suficientes para demostrarte que te quieren en todo momento, incluso si no les dejas el alimento que requieren día a día. Su nobleza es infinita.

Muchos señalan que el amor verdadero es el que se siente por un hijo. Quienes no lo hemos tenido, tal vez, podemos experimentarlo de otra forma, con un perro o un gato.

Sentir es una condición subjetiva y todos lo vivimos de diversas maneras y, en ello, unos humanos son más emocionales que otros, sin embargo, es una condición natural de cualquier ser vivo.

Los que amamos los animales sabemos que el cariño por ellos nos afecta cuando se enferman o cuando aparecen los años y se hace evidente que envejecen más rápido que los humanos. Esos momentos son un aviso de la vida para manifestar que la voluntad de Dios es perfecta, al cruzar nuestro camino con el de ellos, pero que también cumplen un ciclo natural de nacer, crecer y morir, a veces más corto que el nuestro.

Podríamos hacer hasta lo imposible para alargar su existencia con tratamientos, como si se tratara de un abuelo, una madre o cualquier otro miembro de la familia. Pero la ciencia llega a un punto en el que no puede batallar contra el final de la vida. Y la partida de un amigo de cuatro patas implica un duelo, una situación compleja emocional y anímicamente, y esto merece toda la atención y el acompañamiento.

Hoy las personas tienden a ser cada vez más solas, menos solidarias y más sensibles hacia los animales. No obstante, la legislación laboral en Colombia se ha quedado corta frente a esta realidad y, por ello, es necesario que se comiencen a considerar elementos en nuestras leyes que permitan una licencia remunerada cuando mueren los animales de compañía, teniendo en cuenta que el proceso previo a la muerte –que en muchas ocasiones implica la eutanasia para evitarles el dolor- es trágico para la familia.

Soy consciente de que nuestro sistema de seguridad social tiene dificultades económicas y que es complejo cargarle costos adicionales, como puede ser el reconocimiento de este tipo de calamidad, pero la salud mental es primordial y, en ese sentido, se deben contemplar elementos que les permita a los colaboradores de las empresas reponerse de estos eventos dolorosos.

No se trata de desviar el discurso o la discusión para hacer ver ante los demás que se están humanizando a los animales de compañía -porque los que nos debemos convertir en verdaderos humanos somos nosotros como sociedad- sino de hacer hincapié en que lo económico no debería superar la solidaridad del empleador: hay estudios que demuestran que "la pérdida del mejor amigo del hombre puede provocar un pesar tan profundo como la pérdida de un familiar cercano".

Es así como desde el Congreso de la República, en compañía del Presidente, debería legislar en esa dirección. Sin embargo, como los tiempos institucionales no responden a las realidades y cambios rápidos del mundo, las empresas y entidades públicas podrían pensar en incluir esta posibilidad dentro de los programas de bienestar, hasta que sea regulado por la ley.

Pese a que esta iniciativa, presentada en 2021, fue hundida en el cuarto debate de la Cámara de Representantes, por considerar que iba en contra de la rentabilidad empresarial y la generación de empleo (El Tiempo, 2022).

Se trata de construir un país más empático, en el que la tranquilidad y la salud de las personas no sea un lujo, sino una política de Estado que se ejecuta día a día.